Marzo de 2026: Un mes de calor extremo

En aproximadamente 200 años, la acción humana ha exacerbado la transformación hasta llevarla a un extremo peligroso, siendo el calentamiento global uno de los más significativos.

masclaro.mx
today 06/02/2026

Por Alejandro Ramos Magaña

 

Las evidencias globales sobre el deterioro ambiental continúan acumulándose de manera progresiva. Desde finales del siglo XX, la transformación de los escenarios naturales ha experimentado una degradación acelerada debido al abuso de las actividades humanas, las cuales han agotado, deteriorado y destruido ecosistemas. Los científicos afirman que el planeta, durante millones de años, ha experimentado importantes cambios ambientales de origen natural. Sin embargo, en aproximadamente 200 años, la acción humana ha exacerbado la transformación hasta llevarla a un extremo peligroso, siendo el calentamiento global uno de los más significativos.

En el caso de México, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) pronostica que marzo próximo será el mes más cálido de la última década, con una temperatura promedio de 29.8 grados Celsius, una situación similar a la experimentada en marzo de 2017.  Existe la alerta de que el intenso calor se prolongará desde mediados de marzo hasta fines de octubre próximo.

Los meteorólogos anticipan que las altas temperaturas repercutirán en todo el país, con estados, principalmente del norte y sureste, en los que el termómetro registrará más de 40 grados Celsius.  En consecuencia, los más de 30 frentes fríos que han impactado a México en los últimos meses perderán fuerza hasta el final del periodo de sistemas frontales en mayo próximo (septiembre de 2025 a mayo de 2026). El SMN prevé en febrero cinco, seis en marzo, cinco en abril y tres en mayo.

Se ha indicado que el año 2026 se perfila como el cuarto año consecutivo (2023, 2024, 2025) en el que se registran temperaturas globales máximas históricas sin precedentes.  Las consecuencias anticipadas incluyen sequías severas prolongadas, olas de calor intensas, precipitaciones y huracanes extremos.

Para el año en curso se pronostican cinco olas de calor, entre marzo y junio; el desafío reside en su creciente frecuencia, intensidad y duración.  De acuerdo con el Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, en los años 2024 y 2025 se presentaron seis y cinco olas de calor, respectivamente, mientras que el promedio anual oscila entre tres y cinco. Este fenómeno impacta negativamente al medio ambiente, a la industria agrícola, a la calidad del aire y, en general, a la salud humana.

Según meteorólogos, una ola de calor se define como la ocurrencia de temperaturas superiores al promedio regional durante un período de más de tres días consecutivos.

En 2025, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó que las olas de calor continuarán aumentando hasta el año 2060, debido al calentamiento global y la deforestación global, independientemente de la reducción en las emisiones de los gases de efecto invernadero (GEI) a nivel mundial.

En consecuencia, la población deberá adaptarse a la presencia anual de olas de calor, lo que implica mayores gastos económicos y atenciones médicas.

La Comisión Nacional del Agua (Conagua) de México realiza un monitoreo riguroso de las sequías, considerando que la temporada de estiaje inició a finales de noviembre del año anterior y se extenderá hasta mediados de junio del presente año, momento en que se prevén las primeras precipitaciones.

Cabe destacar que 2024 se consolidó como el año más cálido registrado a nivel mundial, y en México, prácticamente todo el territorio nacional se vio afectado por una severa sequía, aunque la temporada de ciclones contribuyó a su mitigación.

Un grupo de investigadores del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) me informa que México se encuentra entre los países más vulnerables al calentamiento global, dado que enfrenta importantes desafíos climatológicos, geomórficos, geológicos y ambientales, que están conduciendo al país a una severa desertificación sin precedentes.

Este fenómeno constituye una clara evidencia de la ineficacia de las políticas públicas orientadas a la conservación del suelo natural, predominando los discursos sobre las acciones concretas. Nos encontramos en la antesala de una grave crisis de desertificación. Los cambios en el uso del suelo en zonas boscosas y selvas están acelerando este proceso, como se observa en Chiapas, Morelos, Guerrero, Michoacán, Estado de México, Veracruz, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, entre otros.

En los últimos 30 años, la comunidad científica internacional ha difundido un mensaje crucial, aunque con limitada recepción, sobre la modificación de la composición química de la atmósfera terrestre por la actividad humana.  El cambio más significativo es el incremento en la concentración de dióxido de carbono (CO₂), principalmente atribuible a la quema de combustibles fósiles.

Si bien las emisiones de CO₂, metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O), junto con la deforestación y la degradación del suelo, han alterado el balance térmico del planeta, es fundamental reconocer el papel crucial del agua en el contexto del cambio climático.

La disponibilidad de agua debe mantenerse como una prioridad central en la agenda internacional de mitigación del cambio climático.

México, al ocupar el 14º lugar mundial en emisiones de gases de efecto invernadero, se encuentra comprometido internacionalmente a reducir las emisiones de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso, los cuales contribuyen al calentamiento global.  Además, es imperativo priorizar la gestión del agua y el ordenamiento territorial para prevenir la destrucción de bosques, barrancas y selvas.

Las iniciativas desordenadas de crecimiento en el país amenazan la vulnerabilidad de las áreas verdes y los suelos de conservación, ya sean protegidos, parques nacionales o bosques urbanos.

El monitoreo sistemático de los acuíferos, el fortalecimiento de la infraestructura hidráulica, así como la recuperación de suelos y masa forestal, deben ser prioridades en las agendas de gobernanza de las autoridades federales, estatales y municipales, con el fin de fortalecer sus compromisos internacionales.

La gestión del agua y el monitoreo del abatimiento de acuíferos constituyen líneas estratégicas que deben implementarse y evaluarse periódicamente, independientemente de los acuerdos internacionales a los que el gobierno mexicano pueda adherirse.  Estos elementos representan una afectación concreta y recurrente, y es imperativo estar preparados para enfrentar los desafíos que plantea la crisis climática.

Las acciones en materia hídrica deben ser complementarias a los compromisos derivados de acuerdos internacionales como el Protocolo de Kioto (1997) y el Acuerdo de París (2015), orientados a la reducción de emisiones de los GEI. Sin embargo, los compromisos hídricos ante el cambio climático deben intensificarse.

En este contexto, la estrategia de adaptación y reducción de vulnerabilidad debe enfocarse en la conservación del suelo y la gestión del agua. En México, existen estudios que analizan las causas y efectos del cambio climático, identificando a la agricultura, el agua y los bosques como los sectores más afectados.

El proceso de urbanización de las últimas cuatro décadas ha generado cambios en la temperatura, como se observa en el Valle de México y otras metrópolis. Actualmente, la temperatura en el Valle de México es 2 grados Celsius más alta que a mediados de la década de 1970 y aproximadamente 4 grados Celsius más alta que a principios del siglo XX.

Los expertos, mediante experimentos numéricos, han concluido que el cambio climático en el Valle de México se atribuye principalmente al proceso de urbanización desordenada, en aproximadamente 3 grados, y al cambio climático global en 1 grado.

En las cumbres climáticas se ha enfatizado la urgencia de la situación, señalando que nos encontramos en el escenario de las últimas llamadas. Tenemos la obligación generacional de asegurar que estas no sean las últimas oportunidades para actuar.