De la matanza de Huitzilac al PNR: cómo un asesinato político aceleró la institucionalización del poder
La Matanza de Huitzilac, ocurrida el 3 de octubre de 1927, es uno de los episodios más reveladores de la violencia política del México posrevolucionario.
Por Mario Victorino
El 3 de octubre de 1927, Francisco R. Serrano, general revolucionario y candidato a la Presidencia de México, fue asesinado en Huitzilac, Morelos, junto con varios de sus acompañantes. El crimen ocurrió en medio de una de las disputas políticas más tensas del México posrevolucionario: la sucesión presidencial de 1928 y el proyecto de Álvaro Obregón para regresar a la Presidencia.
Serrano no era un opositor ajeno al régimen. Había sido uno de los hombres cercanos a Obregón, gobernador del Distrito Federal y secretario de Guerra y Marina. Su ruptura con el antiguo jefe revolucionario fue, por ello, especialmente significativa. En 1927 decidió competir por la Presidencia y oponerse al proyecto de reelección de Obregón. El historiador Pedro Castro, investigador de la trayectoria de Serrano, señala que su ruptura con Obregón lo llevó de integrante destacado del grupo Sonora a candidato presidencial y adversario del caudillo.
La posterior Matanza de Huitzilac se convirtió en uno de los episodios más controvertidos de la historia política mexicana. Durante décadas, la interpretación predominante vinculó políticamente a Obregón y Calles con la eliminación de Serrano, aunque la historiografía ha discutido el grado de responsabilidad de cada uno y la evidencia disponible para establecer quién tomó la decisión concreta de ejecutar a los detenidos.
México antes de Huitzilac: una sucesión presidencial explosiva
Para entender Huitzilac hay que mirar la situación política de México en 1926 y 1927. El país había salido de los grandes conflictos armados de la Revolución, pero el poder seguía concentrado en buena medida en los generales revolucionarios y sus grupos políticos. Álvaro Obregón había sido presidente entre 1920 y 1924 y Plutarco Elías Calles ocupaba la Presidencia cuando comenzó a tomar fuerza el proyecto de que Obregón regresara al poder.
La posibilidad de una nueva candidatura de Obregón implicaba modificar el marco constitucional relacionado con la reelección presidencial. El proyecto generó resistencias dentro y fuera del grupo gobernante, especialmente entre quienes consideraban que la Revolución había combatido precisamente la permanencia personal en el poder.
Entre los principales opositores apareció Francisco R. Serrano. Su candidatura resultaba particularmente incómoda porque conocía desde dentro el funcionamiento del régimen y había formado parte del mismo grupo político que ahora pretendía disputar la sucesión.
La investigación de Pedro Castro resulta especialmente útil porque reconstruye a Serrano más allá de su imagen posterior como víctima de Huitzilac. Castro consultó archivos relacionados con Obregón, Calles y Serrano, además de documentación militar y otras fuentes primarias. Su trabajo muestra a un personaje con una trayectoria política propia, intereses particulares y diferencias que venían desarrollándose desde años antes.
Francisco R. Serrano: del círculo de Obregón a la oposición
Serrano había participado en la Revolución mexicana y posteriormente ocupó posiciones importantes dentro del nuevo Estado. Su relación con Obregón fue estrecha, pero comenzó a deteriorarse conforme avanzó la disputa por la sucesión presidencial.
Su candidatura de 1927 debe entenderse dentro de la ruptura del llamado grupo Sonora. La competencia no enfrentaba simplemente a un gobierno contra un candidato opositor: enfrentaba a personajes que habían compartido una misma experiencia revolucionaria y que ahora disputaban el control del siguiente gobierno.
El conflicto adquirió una dimensión todavía mayor porque otro general, Arnulfo R. Gómez, también se presentó como candidato opositor. La sucesión presidencial se convirtió así en una lucha que involucraba distintas redes militares y políticas.
La prensa de la época reflejó esa polarización. Un estudio de la campaña presidencial de 1927-1928 señala que el periódico sinaloense El Demócrata Sinaloense mostró una preferencia marcada por Serrano y una fuerte crítica a Obregón antes de Huitzilac; después del asesinato de Serrano y de la confiscación del archivo de su campaña, su línea cambió de manera radical.
Ese cambio permite observar algo fundamental: Huitzilac no sólo eliminó físicamente a un candidato; también modificó el espacio político en el que se desarrollaba la campaña presidencial.
La detención de Serrano y la tragedia de Huitzilac
La tensión aumentó durante los últimos meses de 1927. Las autoridades enfrentaban movimientos conspirativos y militares relacionados con la sucesión presidencial. Serrano fue detenido en Cuernavaca y posteriormente trasladado rumbo a la Ciudad de México.
El convoy llegó a Huitzilac.
Allí Serrano y sus acompañantes fueron asesinados.
Las circunstancias de la muerte provocaron inmediatamente sospechas porque los hombres se encontraban bajo custodia. La cuestión histórica, por tanto, no consiste únicamente en establecer si existían conspiraciones contra el gobierno, sino en determinar qué responsabilidad concreta tenían los detenidos y bajo qué autoridad se decidió su eliminación.
Un estudio sobre la representación histórica de Huitzilac señala que, desde entonces, se consolidó una interpretación que atribuyó responsabilidad a Calles y Obregón, aunque con distintas versiones sobre el grado de participación de ambos.
Esa distinción es importante. Que una interpretación haya sido dominante no significa que cada detalle de esa interpretación pueda presentarse como un hecho documentalmente demostrado.
¿Quién ordenó la Matanza de Huitzilac?
Esta continúa siendo la pregunta central alrededor de Huitzilac.
La cercanía política entre Obregón y Calles, la candidatura de Serrano, el proyecto de reelección y las circunstancias de la ejecución alimentaron desde entonces la sospecha de que la matanza fue una operación política destinada a eliminar a un rival.
La historiografía ha analizado diferentes testimonios y documentos. Entre ellos existe un relato posterior del general Claudio Fox, conservado en documentación de la Secretaría de la Defensa Nacional, relacionado con las circunstancias de la muerte de Serrano. Un estudio historiográfico reproduce la referencia a ese testimonio y muestra que la acusación de una orden directa de Calles formó parte de la memoria posterior del episodio.
Pero existe una diferencia fundamental entre un testimonio posterior que acusa a un dirigente y una prueba contemporánea que establezca definitivamente la cadena de mando.
Por eso, la formulación históricamente más prudente es señalar que Obregón y Calles han sido señalados por la historiografía y la memoria política como responsables o beneficiarios de la eliminación de Serrano, pero el grado exacto de responsabilidad individual continúa siendo objeto de interpretación histórica.
José Emilio Pacheco ofreció una interpretación particularmente contundente al escribir que “a la postre el beneficiario de Huitzilac fue Calles”. La frase expresa el análisis de Pacheco sobre las consecuencias políticas del asesinato y no constituye, por sí misma, una prueba de autoría.
Huitzilac y la construcción del mito político
La muerte de Serrano produjo algo más que una crisis política: creó un poderoso mito histórico.
Con el paso de los años, Serrano comenzó a ser representado principalmente como víctima del régimen, mientras su trayectoria anterior dentro del grupo revolucionario quedó relegada. Pedro Castro ha señalado precisamente este proceso al explicar que las trayectorias de Serrano y Arnulfo Gómez fueron borradas de la memoria oficial para presentarlos como personajes separados de su pasado revolucionario y convertidos finalmente en opositores o traidores.
La observación de Castro permite comprender por qué la figura de Serrano resulta tan interesante. No era un personaje externo al sistema que terminó enfrentándose a él: era parte del propio sistema revolucionario que acabó destruyéndolo políticamente y, finalmente, físicamente.
Esa contradicción explica buena parte de la fuerza histórica de Huitzilac.
Martín Luis Guzmán y La sombra del Caudillo
Pocos acontecimientos políticos mexicanos han tenido una repercusión literaria comparable.
En 1929, Martín Luis Guzmán publicó La sombra del Caudillo, novela profundamente relacionada con las luchas políticas de los años veinte. La obra no reproduce literalmente los acontecimientos de Huitzilac: combina elementos de distintos episodios, especialmente la rebelión delahuertista de 1923 y la muerte de Serrano en 1927.
El investigador Rafael Olea Franco ha destacado precisamente esa característica de la novela. Según Olea, Guzmán no pretendió construir una reproducción fiel de los acontecimientos, sino aprovechar elementos de ambos periodos para construir una obra literaria con una lógica propia.
La famosa frase:
“La política de México, política de pistola, sólo conjuga un verbo: madrugar”.
pertenece a Martín Luis Guzmán y debe entenderse como una expresión literaria. Su importancia reside en que sintetiza el ambiente de conspiración, violencia y anticipación política que la novela atribuye al México de los caudillos.
La literatura terminó haciendo algo que los documentos oficiales no podían hacer con la misma fuerza: convirtió Huitzilac en una metáfora del poder.
La prensa, el miedo y el silencio después de Serrano
La Matanza de Huitzilac también tuvo consecuencias sobre el ambiente político y periodístico. El asesinato de Serrano y la desaparición o confiscación de materiales relacionados con su campaña modificaron la cobertura política en algunos espacios.
El caso de El Demócrata Sinaloense es ilustrativo. Antes del asesinato, el periódico había mantenido una postura favorable a Serrano y crítica de Obregón. Después de Huitzilac, cambió radicalmente su orientación. El estudio de la campaña de 1927-1928 plantea la posibilidad de que ese cambio estuviera relacionado con autocensura o con la necesidad de sobrevivir políticamente en el nuevo escenario.
Esto ayuda a entender que las consecuencias de Huitzilac no se limitaron a los hombres asesinados. La matanza alteró el entorno político en el que otros actores debían decidir si continuar enfrentando al poder o modificar sus posiciones.
De Huitzilac al asesinato de Obregón
La eliminación de Serrano no resolvió la sucesión presidencial.
Álvaro Obregón ganó las elecciones de 1928, pero antes de regresar a Palacio Nacional fue asesinado el 17 de julio de ese año por José de León Toral.
La coincidencia histórica es reveladora: el asesinato de Serrano no había eliminado la violencia política asociada a la sucesión. Menos de un año después, el propio Obregón moriría violentamente.
México se encontraba ante un problema que ya no podía resolverse simplemente eliminando rivales.
La crisis de 1927-1928 mostró la fragilidad de un sistema político en el que las relaciones personales entre generales tenían un peso enorme. El país necesitaba un mecanismo que permitiera organizar las sucesiones y mantener unidos a los diferentes grupos revolucionarios.
Ese mecanismo comenzó a tomar forma en 1929 con la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR).
La consecuencia histórica: del caudillo al partido
Huitzilac no creó por sí solo el PNR. La formación del partido respondió a un conjunto de factores que incluían las rebeliones militares, la muerte de Obregón y la necesidad de reorganizar políticamente al movimiento revolucionario.
Sin embargo, la matanza forma parte del contexto que explica por qué la institucionalización de la sucesión presidencial se convirtió en una prioridad.
El sistema comenzó a trasladar las disputas del terreno de los generales y las rebeliones hacia una estructura partidista nacional. El cambio fue profundo: los grupos revolucionarios ya no tendrían que resolver necesariamente sus diferencias mediante levantamientos armados.
Eso no significó democracia plena ni desaparición del poder personal. Durante el Maximato, Calles conservó una enorme influencia política. Pero sí representó una transformación en la manera de administrar el poder.
La Revolución comenzó a convertirse en régimen.
Y Huitzilac quedó como uno de los episodios que muestran el costo de esa transición.
La influencia de Huitzilac en México
La importancia de Huitzilac en la actualidad no consiste en afirmar que la política mexicana contemporánea sea idéntica a la de 1927. No lo es. Las instituciones electorales, los partidos y el marco constitucional han cambiado profundamente.
Su relevancia está en otro lugar: permite observar el proceso histórico mediante el cual México pasó de una política dominada por caudillos revolucionarios a un sistema en el que la sucesión presidencial quedó progresivamente sometida a reglas e instituciones.
También plantea una cuestión permanente sobre la relación entre oposición y conspiración. Serrano fue candidato presidencial, pero también fue relacionado con movimientos conspirativos. El caso demuestra la importancia de distinguir entre la competencia política legítima y la participación en una rebelión armada, especialmente cuando las autoridades utilizan esa acusación para justificar medidas extraordinarias.
Finalmente, Huitzilac revela el poder de la memoria. La historia del episodio sobrevivió gracias a investigaciones, testimonios y obras literarias. La sombra del Caudillo consiguió que el conflicto de los años veinte trascendiera el ámbito estrictamente historiográfico y se convirtiera en parte del imaginario político mexicano.
Huitzilac, casi un siglo después
La Matanza de Huitzilac permanece como uno de los episodios más oscuros de la sucesión presidencial de 1928. Francisco R. Serrano había sido revolucionario, general, funcionario y aliado de Obregón antes de convertirse en su adversario. Su transformación de hombre del régimen en candidato opositor explica buena parte de la tensión que rodeó su muerte.
La tragedia tampoco puede entenderse aislada de lo que ocurrió después. El asesinato de Obregón, la creación del PNR y la posterior institucionalización del régimen revolucionario forman parte de la misma transformación histórica: México comenzó a sustituir la lucha entre caudillos por mecanismos políticos capaces de organizar la sucesión.
Pero esa transformación no borró Huitzilac.
El episodio quedó en los archivos, en las fotografías, en los testimonios y en la literatura. Pedro Castro recuperó la trayectoria política de Serrano; José Emilio Pacheco volvió sobre su memoria; Rafael Olea Franco ayudó a explicar la relación entre los acontecimientos históricos y la novela de Guzmán.
Casi cien años después, la pregunta sobre Huitzilac continúa abierta en algunos de sus aspectos más polémicos. Y precisamente ahí reside su importancia histórica: no es únicamente la historia del asesinato de un candidato presidencial, sino la historia de un sistema político que todavía estaba aprendiendo que la sucesión del poder debía resolverse mediante instituciones y no mediante la eliminación de los adversarios.