Crecen urbes y aumentan impactos a la salud urbana

La rápida urbanización y la falta de planeación en México agravan problemas de salud urbana como contaminación, estrés y pérdida de recursos naturales. La OPS y la OMS advierten sobre la necesidad de políticas sustentables para garantizar bienestar en las metrópolis.

masclaro.mx
today 24/03/2026

Por Alejandro Ramos Magaña

 

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha emitido una advertencia sobre la rápida urbanización que experimenta el mundo. En 2008, el 50% de la población mundial residía en áreas urbanas, y se estima que actualmente la población global asciende a 8,276 millones de personas. Se prevé que para 2050, el 70% de la población mundial habitará en ciudades.

La OPS también destaca que el Continente Americano alberga las megalópolis más grandes del mundo, incluyendo la Ciudad de Nueva York, São Paulo, la Ciudad de México, Los Ángeles, Buenos Aires y Río de Janeiro.

En este contexto, y específicamente en México, los problemas de salud urbana se han agravado en las zonas metropolitanas debido a las significativas deficiencias en la planeación urbana. El crecimiento poblacional, que se concentra principalmente en las metrópolis, se encuentra desfasado de una estrategia integral y sostenible para garantizar el bienestar y la salud de las personas.  Como resultado, la expansión desordenada de la mancha urbana conlleva una pérdida acelerada de recursos naturales y con ello se agrava la crisis climática.

El impacto en la salud urbana está asociado con factores como el estrés, la falta de espacios verdes, el tráfico vial, la contaminación del aire y auditiva, los conjuntos habitacionales saturados, la invasión de espacios públicos por vehículos y el comercio informal, así como la falta de actividad física, entre otros.

Desde finales de la década de 1930, la Ciudad de México experimentó un crecimiento poblacional sin precedentes, impulsado por la concentración de los poderes políticos, servicios de salud y educativos, así como por las actividades comerciales e industriales.  Este crecimiento incrementó la demanda de servicios y de suelos a lo largo de los años.  Para la década de 1980, las zonas metropolitanas de la Ciudad de México y Toluca, Estado de México, concentraban aproximadamente el 20% de la población nacional.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido con claridad que el desarrollo urbano debe priorizar la garantía de la salud de las personas.  Sin embargo, en las grandes urbes, nos encontramos en una trayectoria opuesta, especialmente considerando la proliferación de áreas marginales con infraestructura urbana deficiente.

En este contexto, las Zonas Metropolitanas de la Ciudad de México, Toluca, Tijuana, Puebla, Xalapa, Mérida, Guadalajara, Oaxaca y Monterrey, entre otras, enfrentan una multiplicación y agudización sistemática de problemáticas, tales como la mala calidad del aire, el desabasto y la mala calidad del agua, la escasez de vivienda, la contaminación acústica, el intenso tráfico vehicular, la crisis económica, las “islas de calor” derivadas de la expansión de superficies de concreto (que incrementan la temperatura entre 5 y 10 grados Celsius en comparación con las zonas periféricas) y la pérdida de áreas naturales debido al arrasamiento de bosques y montes.  El espacio público experimenta un deterioro acelerado, siendo invadido por el comercio informal, franeleros, y los automóviles, factores que contribuyen al aumento del estrés y la ansiedad, desencadenando enfermedades cardiovasculares, pulmonares y mentales en la población.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica la contaminación acústica, provocada por el severo tráfico vehicular, como un factor perjudicial solo por debajo de la mala calidad del aire.  En el caso de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, que cuenta con un parque vehicular superior a los 10 millones de automotores, el impacto no solo eleva la contaminación atmosférica, sino que, de acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), genera pérdidas anuales de tiempo equivalentes a aproximadamente 35 mil millones de pesos.

Durante la pandemia por el SARS-CoV-2, surgió la necesidad de replantear las políticas enfocadas a una planificación urbana eficaz y eficiente para las próximas décadas.  Países como Estados Unidos, particularmente el estado de California, ya han comenzado a implementar nuevas políticas de urbanismo, como la iniciativa de “calles lentas”, que restringe el acceso vehicular y prioriza el uso peatonal y la convivencia comunitaria.

En el contexto de la crisis sanitaria, la población buscó parques y jardines para realizar actividades físicas o caminar de manera segura, sin el riesgo de contagio. Sin embargo, debido a la escasez de estos espacios, en la mayoría de los casos, la única opción disponible fueron las banquetas (a menudo reducidas), camellones o los patios de las viviendas particulares.

Urbanistas han propuesto la adopción de experiencias internacionales para normar el cierre de calles y avenidas al tránsito vehicular, permitiendo así que la ciudadanía aproveche el espacio amplio para caminar y convivir.  Adicionalmente, otros expertos sugieren continuar con la política de movilidad que consiste en la extensión de las ciclovías y su interconexión entre colonias y barrios, así como el ensanchamiento de las banquetas para priorizar al peatón, en detrimento del automóvil, que perdería carriles de circulación.  Según los urbanistas, la clave reside en la distribución inteligente del espacio público y en la mejora de la calidad de los servicios para reducir la desigualdad social.

Los expertos de la OMS han reafirmado que los espacios naturales, tales como bosques, parques y jardines, contribuyen significativamente a la reducción del estrés, la mejora de la salud mental y el bienestar general del ser humano. Entonces, lo ideal sería que las autoridades desarrollen un plan de parques lineales con espejos de agua artificiales. Y sobre todo que se diseñen planes de manejo y mantenimiento.

El impacto severo de la pandemia fue evidente y aún persiste sin una solución definitiva.  Asimismo, las enfermedades derivadas de la acumulación de políticas deficientes en la planeación urbana continúan aumentando de manera silenciosa, cobrando vidas. En el sector salud, se estima que, en promedio, 25 mil personas fallecen prematuramente cada año en el Valle de México debido a enfermedades asociadas a la contaminación del aire. Además, la contaminación del aire está aumentando los daños cognitivos y decesos por demencia en la población.

Adicionalmente, Greenpeace México ha informado que existe evidencia científica que demuestra que la exposición a la mala calidad del aire incrementa el riesgo de infecciones graves y mortalidad por Covid-19.

Esta situación exige el diseño de políticas públicas basadas en un nuevo paradigma de sustentabilidad, en lugar de persistir con la lógica de tolerar la expansión de la mancha urbana sin planeación en las metrópolis, lo cual ha resultado en una situación crítica que incrementa el número de personas con trastornos mentales crónicos, entre otros padecimientos.

Es pertinente reiterar que la pandemia también planteó el desafío de crear entornos más saludables de manera permanente para el conglomerado urbano-regional. También la salud urbana plantea otros desafíos.