A 58 años del 2 de octubre, la CIA aún guarda secretos sobre Tlatelolco
LITEMPO vinculó a la CIA con Díaz Ordaz y Echeverría; nuevos archivos arrojan luz sobre la inteligencia estadounidense antes de Tlatelolco.
Por Mario Victorino
A 58 años del 2 de octubre de 1968, nuevos documentos desclasificados vuelven a colocar bajo la lupa la relación entre la CIA, el gobierno mexicano y el movimiento estudiantil que terminó en la matanza de Tlatelolco.
La pieza central de esa historia es LITEMPO, un programa secreto de la inteligencia estadounidense que permitió establecer canales de comunicación con funcionarios mexicanos de alto nivel. Entre los personajes identificados en los archivos aparecen Gustavo Díaz Ordaz, entonces presidente de México, y Luis Echeverría Álvarez, quien ocupaba la Secretaría de Gobernación y posteriormente llegaría a la Presidencia de la República.
Los documentos no demuestran que la CIA haya ordenado la matanza del 2 de octubre. Sí muestran, sin embargo, que la agencia estadounidense tenía una red de informantes dentro de las estructuras superiores del Estado mexicano, que seguía de cerca al movimiento estudiantil y que recibió información sobre Tlatelolco de fuentes estrechamente vinculadas con el gobierno.
Las revelaciones adquieren nueva relevancia este 2 de octubre de 2026, después de que el National Security Archive publicara nuevos materiales sobre la estación de la CIA en México y advirtiera que todavía existen partes sustanciales de sus archivos sobre las operaciones contra grupos estudiantiles que permanecen clasificadas.
¿Qué era LITEMPO?
LITEMPO fue el nombre en clave utilizado por la CIA para una operación destinada a mantener relaciones confidenciales con funcionarios mexicanos de alto nivel.
De acuerdo con documentos desclasificados, el programa funcionaba como un canal informal para intercambiar información política y de seguridad entre autoridades mexicanas y la inteligencia estadounidense, al margen de los canales diplomáticos tradicionales.
La operación comenzó a adquirir forma a finales de la década de 1950 y alcanzó especial importancia durante los años sesenta, cuando México se convirtió en un punto estratégico para Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría.
La estación de la CIA en Ciudad de México estaba encabezada por Winston M. Scott, quien permaneció al frente de ella de 1956 a 1969.
Los archivos identifican mediante números clave a varios de los funcionarios que formaban parte de esa red. Díaz Ordaz era LITEMPO-2 y Echeverría LITEMPO-8. También aparece Fernando Gutiérrez Barrios, entonces una figura central de la Dirección Federal de Seguridad, identificado como LITEMPO-4.
La importancia de esos nombres radica en que no se trataba de funcionarios secundarios. Díaz Ordaz llegaría a la Presidencia en 1964, mientras Echeverría era uno de los hombres más importantes de Gobernación y Gutiérrez Barrios se encontraba en el núcleo de los aparatos de inteligencia y seguridad mexicanos.
Díaz Ordaz: de LITEMPO-2 a presidente de México
Los documentos de la CIA identifican a Gustavo Díaz Ordaz como LITEMPO-2.
Antes de convertirse en presidente, Díaz Ordaz ocupó la Secretaría de Gobernación durante el gobierno de Adolfo López Mateos. Desde esa posición tuvo contacto con Winston Scott y con la estructura de inteligencia estadounidense.
Un reporte de octubre de 1963 señalaba que podían producirse modificaciones dentro de LITEMPO cuando “LITEMPO-2” se convirtiera en candidato presidencial. Posteriormente, Díaz Ordaz fue elegido candidato del PRI y ganó las elecciones de 1964.
La relación entre Scott y Díaz Ordaz no se limitaba a los encuentros institucionales. Los archivos y testimonios recopilados por investigadores estadounidenses describen una relación personal estrecha entre ambos.
Durante la crisis estudiantil de 1968, esa relación se volvió particularmente relevante para Washington: Scott utilizó sus contactos con integrantes del gobierno mexicano para obtener información sobre las protestas y transmitirla a sus superiores.
Echeverría: LITEMPO-8 y secretario de Gobernación en 1968
Otro de los nombres fundamentales es Luis Echeverría Álvarez, identificado en los archivos como LITEMPO-8.
En los primeros años de la operación, Echeverría era funcionario de Gobernación. Documentos de la estación de la CIA y registros relacionados con la investigación del asesinato de John F. Kennedy permiten identificarlo como la persona detrás de ese nombre clave.
La relación con la CIA incluía asuntos vinculados con viajeros cubanos y solicitudes de visas, así como intercambio de información sobre personas consideradas por las autoridades como comunistas o vinculadas con actividades políticas radicales.
Para 1968, Echeverría ya era secretario de Gobernación, una posición particularmente sensible en el manejo de la seguridad interna y de la respuesta gubernamental al movimiento estudiantil.
Su presencia en LITEMPO adquiere así una dimensión especial: mientras Díaz Ordaz ocupaba la Presidencia, Echeverría estaba al frente de la dependencia encargada de buena parte de la política interior del país.
El movimiento estudiantil de 1968
El movimiento estudiantil mexicano comenzó a crecer durante el verano de 1968 y rápidamente pasó de conflictos entre estudiantes y cuerpos policiales a una movilización de mayores dimensiones.
Las demandas incluyeron la liberación de presos políticos, la desaparición de cuerpos policiacos considerados represivos, la derogación de disposiciones utilizadas contra la protesta y la apertura de un diálogo público con el gobierno.
El movimiento también cuestionó el sistema político encabezado por el PRI y la concentración del poder presidencial.
Documentos estadounidenses muestran que la CIA daba seguimiento a las protestas desde antes de que alcanzaran su punto máximo. La estación contaba con fuentes dentro de universidades y organizaciones estudiantiles, además de los contactos de alto nivel proporcionados por LITEMPO.
La propia embajada estadounidense había recopilado decenas de episodios de conflicto estudiantil ocurridos desde 1963 y observaba con atención la posibilidad de que las protestas mexicanas adquirieran una dimensión similar a las movilizaciones que habían sacudido otros países durante 1968.
La respuesta de Díaz Ordaz
Conforme crecieron las manifestaciones, los informes de inteligencia describieron una posición cada vez más dura del gobierno de Díaz Ordaz.
Un documento citado por el National Security Archive señala que el gobierno consideraba la ocupación de escuelas por parte del Ejército o la policía cuando fueran utilizadas, desde su perspectiva, como centros de actividad subversiva.
Para finales de septiembre, la información transmitida por Scott señalaba que el gobierno ya no buscaba una solución negociada con los estudiantes, sino terminar con las acciones organizadas antes del inicio de los Juegos Olímpicos de México 1968.
Los Juegos Olímpicos estaban programados para comenzar el 12 de octubre, apenas diez días después de Tlatelolco.
La preocupación del gobierno por garantizar la estabilidad de la capital y proyectar una imagen de control hacia el exterior fue un elemento central de la respuesta oficial.
2 de octubre: Tlatelolco
El 2 de octubre de 1968, miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.
El mitin había sido convocado por dirigentes del Consejo Nacional de Huelga. El Ejército rodeó la plaza y distintos cuerpos de seguridad se desplegaron en la zona.
También estuvo presente el Batallón Olimpia, cuyos integrantes vestían de civil y utilizaban un distintivo blanco en la mano izquierda.
De acuerdo con los documentos recopilados por el National Security Archive, las órdenes incluían aislar y detener a los dirigentes estudiantiles. Posteriormente comenzaron los disparos y se produjo una operación represiva que terminó con muertos, heridos y cientos de detenidos.
El Archivo General de la Nación conserva documentos de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales y de la Dirección Federal de Seguridad que registraron tanto el movimiento como los acontecimientos posteriores al 2 de octubre. Esos expedientes incluyen fotografías, informes y seguimiento de integrantes del Consejo Nacional de Huelga.
¿Qué sabía la CIA sobre Tlatelolco?
Aquí aparece uno de los puntos más controversiales de los documentos.
La CIA tenía una red de fuentes dentro del gobierno mexicano y en organizaciones estudiantiles. Sin embargo, sus primeros informes sobre la matanza transmitieron en buena medida la versión oficial mexicana.
Los reportes atribuyeron los primeros disparos a estudiantes y describieron el enfrentamiento como una respuesta de las fuerzas de seguridad a una supuesta agresión estudiantil.
Con el paso del tiempo, esa información fue cuestionada. El National Security Archive señala que los reportes enviados desde la estación de la CIA resultaron contradictorios y que la agencia carecía de una fuente independiente suficiente para reconstruir lo ocurrido.
Uno de los elementos más reveladores es que la estación llegó a producir múltiples versiones sobre lo ocurrido aquella noche.
En otras palabras, la CIA estaba cerca del centro de poder mexicano y tenía acceso privilegiado a información, pero eso no significa que tuviera una reconstrucción independiente y correcta de la operación.
LITEMPO no equivale a una orden de la CIA para matar estudiantes
La existencia de LITEMPO ha alimentado durante décadas diversas teorías sobre el papel de Estados Unidos en Tlatelolco.
Pero los documentos disponibles obligan a distinguir entre tres hechos diferentes.
El primero está documentado: la CIA tenía relaciones clandestinas con funcionarios mexicanos de alto nivel, entre ellos Díaz Ordaz y Echeverría.
El segundo también está documentado: la CIA mantenía operaciones de inteligencia e influencia sobre organizaciones estudiantiles mexicanas, incluidas actividades dirigidas contra grupos de izquierda. Nuevos documentos publicados en 2026 muestran operaciones relacionadas con organizaciones estudiantiles de derecha y proyectos destinados a influir en la política universitaria.
El tercero requiere cautela: los documentos disponibles no demuestran que la CIA haya ordenado la matanza de Tlatelolco.
El propio National Security Archive señala que todavía existen partes importantes de la historia interna de la estación de la CIA que permanecen censuradas. En particular, casi diez páginas completamente tachadas corresponden a operaciones contra grupos estudiantiles en el periodo previo a Tlatelolco.
Por ello, la documentación disponible permite hablar de una relación estrecha entre la inteligencia estadounidense y sectores del aparato político y de seguridad mexicano, pero no permite convertir esa relación, por sí sola, en una prueba de que Washington haya dirigido la operación del 2 de octubre.
Los documentos que siguen ocultos
La nueva investigación publicada el 1 de octubre de 2026 por el National Security Archive vuelve a poner el foco en una historia que todavía tiene partes sin revelar.
El organismo señala que la CIA conserva importantes segmentos censurados de una historia de tres volúmenes sobre su estación en Ciudad de México.
El documento abarca las actividades de la estación entre 1947 y 1969 y fue elaborado dentro del programa histórico interno de la propia CIA. Una versión liberada en 2025 continúa con extensas tachaduras, especialmente en las páginas relacionadas con las operaciones estudiantiles.
Entre los materiales todavía parcialmente ocultos aparecen referencias a las operaciones de la agencia contra grupos de izquierda, las relaciones con funcionarios de la Dirección Federal de Seguridad y distintas operaciones de vigilancia e influencia política.
Los documentos recién revisados también muestran que la CIA financió durante los años sesenta al grupo estudiantil anticomunista MURO, además de mantener otros proyectos destinados a influir en organizaciones universitarias.
Uno de los documentos señala que, desde 1963, la agencia destinaba recursos a MURO y lo consideraba parte de una estrategia para influir en la política estudiantil mexicana.
La conexión con Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nazar Haro
La red no terminaba en Díaz Ordaz y Echeverría.
Fernando Gutiérrez Barrios, entonces director de la Dirección Federal de Seguridad, aparece identificado como LITEMPO-4. Posteriormente, uno de sus colaboradores, Miguel Nazar Haro, fue incorporado a la estructura de LITEMPO.
Los documentos recientemente divulgados señalan que Nazar Haro recibió apoyo de la CIA para su formación en Estados Unidos, a solicitud de Gutiérrez Barrios.
Al regresar a México, Nazar Haro encabezó un grupo dedicado a objetivos considerados subversivos y mantuvo contacto frecuente con agentes estadounidenses. Entre 1966 y 1969, ese equipo produjo una parte importante de la información de inteligencia de la estación sobre el Partido Comunista, exiliados cubanos, trotskistas y grupos culturales del bloque soviético.
La documentación también vincula a esa estructura con operaciones contra grupos estudiantiles.
Esto resulta relevante porque la Dirección Federal de Seguridad se convirtió posteriormente en uno de los principales instrumentos de vigilancia política del Estado mexicano.
¿Qué papel tuvo Echeverría después de Tlatelolco?
La historia de Echeverría no terminó el 2 de octubre.
En 1970 asumió la Presidencia de México y buscó reconstruir la relación entre el gobierno y los sectores juveniles después de la crisis de 1968.
Documentos diplomáticos estadounidenses de 1971 describieron sus esfuerzos para mejorar su relación con los jóvenes, liberar a buena parte de los presos políticos vinculados con el movimiento de 1968 y presentar una imagen distinta a la del gobierno de Díaz Ordaz.
Sin embargo, el mismo análisis estadounidense señalaba que entre los jóvenes políticamente activos persistía la percepción de que Echeverría compartía responsabilidad por la represión de Tlatelolco debido a su posición como secretario de Gobernación en 1968.
Así, el político que había formado parte del aparato gubernamental durante la represión intentó posteriormente reconstruir su relación con la juventud mexicana desde la Presidencia.
La responsabilidad del Estado mexicano
La documentación estadounidense es una pieza del rompecabezas, pero no sustituye los archivos mexicanos ni las investigaciones sobre la actuación de las Fuerzas Armadas, las policías y los cuerpos de inteligencia nacionales.
El Archivo General de la Nación conserva expedientes de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales, la Dirección Federal de Seguridad y otras instituciones que documentaron el movimiento estudiantil y sus consecuencias.
Además, en 2024 el gobierno mexicano reconoció oficialmente los actos de violencia gubernamental cometidos el 2 de octubre de 1968 como constitutivos de crimen de lesa humanidad y ofreció una disculpa pública a las víctimas, sus familiares y sobrevivientes. En ese reconocimiento, el Estado mexicano atribuyó la responsabilidad principal de la represión al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Ese reconocimiento representa una posición oficial contemporánea del Estado mexicano y debe distinguirse de las conclusiones de los documentos estadounidenses desclasificados.
58 años después, las preguntas siguen abiertas
El caso LITEMPO permite observar una dimensión poco conocida del poder mexicano durante la Guerra Fría: la existencia de canales secretos entre la inteligencia estadounidense y funcionarios que ocupaban posiciones centrales dentro del gobierno mexicano.
Díaz Ordaz fue identificado como LITEMPO-2 y llegó a la Presidencia. Echeverría fue LITEMPO-8, era secretario de Gobernación durante el movimiento y posteriormente también llegó a Los Pinos. Gutiérrez Barrios fue LITEMPO-4 y ocupó una posición estratégica dentro del aparato de seguridad.
Mientras tanto, la CIA mantenía operaciones de vigilancia e influencia sobre estudiantes y grupos políticos mexicanos.
Lo que todavía no está completamente esclarecido es hasta dónde llegaron esas operaciones durante los días previos y posteriores al 2 de octubre.
Los archivos liberados hasta ahora muestran que la inteligencia estadounidense estaba profundamente involucrada en el seguimiento del movimiento estudiantil y que mantenía contactos con quienes tomaban las decisiones dentro del gobierno mexicano. También muestran que la información transmitida a Washington sobre la matanza estuvo marcada por las versiones provenientes de esas mismas fuentes oficiales.
Pero las páginas que continúan clasificadas impiden cerrar definitivamente algunas preguntas sobre las operaciones clandestinas de la CIA en México durante 1968.
A 58 años de Tlatelolco, la historia de LITEMPO, Díaz Ordaz y Echeverría no prueba por sí sola una conspiración estadounidense detrás de la matanza. Sí revela, en cambio, una relación de inteligencia mucho más profunda entre Washington y el poder político mexicano de lo que durante décadas se conoció públicamente, así como una participación documentada de la CIA en la vigilancia e influencia sobre el movimiento estudiantil.
La demanda de mayor transparencia sobre los archivos restantes mantiene abierto uno de los capítulos más sensibles de la historia política mexicana del siglo XX.